Cómo 'Glee' pasó de luchar contra el bullying a celebrarlo

Cada cierto tiempo, un nuevo escándalo confirma que todo lo que ocurría detrás de las cámaras de ‘Glee’ era más impresionante que cualquier cosa que ocurriese en la propia serie. Las acusaciones de Samantha Ware contra Lea Michele por activo convertido su vida «en un infierno» durante el rodaje, llegando a amenazar con «cagar en su peluca», son el final episodio en una dinastía trágica y grotesca que ha incluido agresiones (de Naya Rivera, que interpretaba a Santana, contra su marido mientras paseaban a su bebé), picaderos sexuales (según Rivera, la casa que compartían Kevin McHale -Artie- y Jenna Ushkowitz -Tina- era el empleo oficial donde los actores se acostaban todos con todos), sobredosis de heroína (Cory Monteith -Finn- falleció en 2013), suicidios (una de sus productoras se quitó la vida con pastillas en 2014) y pedofilia (Mark Salling -Puck-, detenido tras encontrarse en su ordenador 50.000 fotografías de niños de entre tres y cinco primaveras, se suicidó en 2018). Al estar respondiendo a un tuit en el que Michele mostraba su compasión por el homicidio de George Floyd, la afroamericana Ware generó la percepción de que Lea Michele era una racista que se estaba haciendo la solidaria. El apoyo de sus compañeras, asimismo negras, Amber Riley (Mercedes) y Wade Adams (Unique) reforzó esta teoría, pero Heather Morris (Brittany) aclaró que Lea fue una compañera difícil, cruel y despótica pero que no era una cuestión de racismo porque, básicamente, Lea Michele es una persona horrorosa con todas las razas. (La actriz, que perdió su acuerdo con la empresa de comida a domicilio Hello Fresh a causa de esta controversia, se ha disculpado sin desmentir ni amparar del todo las acusaciones).

Marti Noxon, productora de ‘Glee’ durante la tercera temporada, ha aplaudido que se denuncien los comportamientos tóxicos en los rodajes pero ha avisado de que los peores camorristas de aquella serie eran los actores y no las actrices. Según Noxon el bullying era constante, lo cual resulta atípico porque ‘Glee’ siempre se erigió como un manifiesto lúdico contra la crueldad adolescente. Excepto porque en sinceridad era todo lo contrario: Glee, con todas sus buenas intenciones, acabó siendo una alabanza del bullying.

Aunque se estrenase hace 11 primaveras, pocos recuerdan el aberración que supuso ‘Glee’ durante su primera temporada. Por fin una serie adolescente ponía el foco (fielmente) en los marginados, los raros y los parias. Pero no marginados como Lindsay Lohan en «Chicas malas», marginados de verdad como un gay mariquita, una negra con sobrepeso, un empollón en arnés de ruedas y una asiática tartamuda. Personajes que llevaban décadas en las películas y series de instituto ejerciendo tres únicos roles: el amigo perdedor del protagonista, el pringao que solo sale en una estampa para que se rían de él o directamente un extra de fondo. Y luego estaba Rachel (Lea Michele), que era fabulosa pero conseguían convencerte de que asimismo era una apestada por su obsesión enfermiza con ser una sino de Broadway. La metáfora visual de aquella primera temporada era que, cada vez que aquellos pardillos parecían sentirse proporcionadamente consigo mismos, una mano anónima les arrojaba un refresco a la cara para ponerlos en su sitio.

‘Glee’, una chisme adolescente para la era Obama

‘Glee’ se postulaba como una chisme adolescente para la era Obama (la serie empezó un año a posteriori de su mandato y terminó un año ayer de la presentación de Trump). Estados Unidos se sentía radiante en presencia de el optimismo refulgente que representaba su nuevo presidente y ‘Glee’ ofrecía un hogar para los descastados, tal y como Obama tendía su mano a los más necesitados, condenando la homofobia, el racismo, la transfobia y el capacitismo (no tanto el machismo, que no era una preocupación en esa serie) con una alegría que transmitía la sensación de que no había discriminación sistémica que no pudiera solucionarse cantando. Por supuesto, ‘Glee’ nunca se presentó como una historia realista. Pero toda obra de ficción necesita ser coherente adentro de sus propias reglas: ‘The Office’, por ejemplo, presenta un categoría de desequilibrados mentales (con Jim y Pam como trabazón racional con los espectadores) pero todos conviven adentro de su deducción delirante. ‘The Office’ nunca deja de tener sentido interno. A ‘Glee’ su sentido interno le duró aproximadamente seis episodios.

En el momento en el que Terri, la mujer del director del coro Will Schuester que ha fingido estar preñada para retener a su marido, le ofrece a Quinn comprarle su bebé y a continuación el resto de personajes continúan con sus vidas, ‘Glee’ dejó claro que nulo de lo que ocurriese en esa serie iba a tener consecuencia alguna. Eso les permitió que los personajes cambiasen de personalidad, de pareja o de archienemigo de un capítulo para otro dependiendo de cómo se titulase la canción prevista para el final del episodio. La serie decidió ir prestándole más atención a los populares del instituto (Finn, que al principio era el único popular del coro; Quinn, Santana, Brittany y Puck), quienes al principio ejercían como némesis crueles de nuestros pardillos favoritos pero acabaron formando una gran clan con ellos. En ningún momento, eso sí, sin dejar de insultarlos.

El único curvatura de transformación detallado fue la redención de Quinn, quien acabó siendo amiga de Rachel cuando esta le regaló sus bragas a un miembro del publicación del instituto para proteger el secreto de que Quinn estaba preñada. A partir de entonces Quinn y Rachel siguieron siendo amigas durante toda la serie. Puck y Santana, por el contrario, solo dejaban de humillar a sus compañeros de coro durante las canciones y de repente decidían por capricho retornar a odiarlos (entre los episodios 9 y 13 de la casa de campo temporada, Santana volvía a hacerle la vida inverosímil a Rachel sin venir a exposición). Las alianzas y enemistades entre los personajes eran tan contradictorias que, en cuestión de una temporada y media, ‘Glee’ pasó de una comedia musical sobre marginados a una serie sobre adolescentes que se insultaban como si fuesen drag queens en un bar. Para justificarse la serie se aferraba a la coartada de ser defensora oficial de los pardillos. Una mentalidad parecida a la de, por ejemplo, un hombre gay que cree que puede reírse de otras minorías porque él pertenece a una.

El bullying como entretenimiento

Porque a ‘Glee’ siempre le hicieron demasiada chispa los chistes de mariquitas, de zorras y de sillas de ruedas. Los personajes vivían atrapados en una especie de concurso de insultos, pero sin ser amigos ni tener la confianza entre ellos para arrojárselos, de modo que todo quedaba en una crueldad puesta al servicio de la comedia: podías tratar lastimoso a todos tus compañeros (Rachel llegaba a destinar a su rival, Sunshine Corazón, a una casa de adictos al crack para que no pudiese hacer la concierto) siempre y cuando lo hicieses con ingenio. El bullying no era tan malo si proporcionaba entretenimiento a la audiencia. Cuando Rachel casi se parte el cuello porque le han recostado fluido resbaladizo en el suelo la estampa está rodada con humor porque, al fin y al lugar, se lo merecía por trepa. Y aunque los que pronunciaban esos shades eran villanos, la persona a la que se le habían ocurrido era un escritor de 45 primaveras con una facilidad pasmosa para humillar a las minorías. Pero entonces Glee empezó a librar a todos sus villanos.

Sue Sylvester, la entrenadora del equipo de animadoras, estaba tan obsesionada en destruir las vidas de los cantantes del coro que se aliaba con el exdirector del coro despedido por importunar sexualmente a una alumna (trama, por otra parte, que estaba tratada con humor por la serie). Sue debería estar en la prisión por poner en peligro las vidas de sus estudiantes en varias ocasiones, pero su condición de villana de dibujos animados la hacía inofensiva, excepto porque la visceralidad con la que humillaba e insultaba a los chavales iba más allá de su cruzada contra el coro. Sue era una persona espantosa, machista, racista, homófoba y tránsfoba que, insólito, resultaba involuntariamente graciosa. La serie, sin retención, pedía a la audiencia que se riese con Sue, que aplaudiese sus ocurrencias y que encima le diese una palmadita en la espalda cuando no era una persona repugnante durante media estampa. El personaje de Sue Sylvester hacía del bullying un espectáculo. Esto no sería un problema en sí mismo si Glee abrazase su verdadera naturaleza de sátira cruel, abrasiva y cínica escrita con el sentido del humor de (lo que en la división pasada se llamaba) una marica mala. Pero es que Glee estaba convencida de ser una parábola para defender a los pardillos del mundo firme.

Cuando Bieste, la profesora de entrenamiento, se enteraba de que los alumnos la utilizaban para pensar en ella durante el sexo y así retrasar la eyaculación, se sintió dolida y humillada por ello. Su dolor provenía de que nadie la había mirado nunca como una mujer. «No te lo tomes como algo personal» le decía Will Schuester, para a continuación darle un beso por dolor. Ella se lo agradecía con timidez. Y así se acababa la trama. No había ni un cumbre de ironía en esta resolución, que concluía que lo único que necesitaba Bieste era un beso por pena de cualquier hombre. Y con esa misma desfachatez, Will Schuester decidía no casarse con Emma al enterarse de que es casto porque no le apetecía tener esa presión. Y Mr. Schuester, sin empleo a dudas, era tratado por la serie como uno de los buenos (a pesar de que ya en el piloto engañaba a Finn diciéndole que iría a la prisión si no se apuntaba al coro).

Nada importaba positivamente

Esta esquizofrenia argumental acabó haciendo que en ‘Glee’ nulo importase positivamente. En un momento cubo Kurt le reprochaba a Rachel que no fuese capaz de reconciliarse con Santana, solo porque ahora Santana había decidido ser buena. Por su parte Finn, la única buena persona de ese instituto, sacaba del armario a Santana pero todos le perdonaban porque se ponía a cantar «Girls Just Wanna Have Fun». Marley asimismo se vio obligada a perdonar a Kitty a posteriori de que esta le hiciese los trajes de la función de «Grease» más y más pequeños para que creyese que estaba engordando y a posteriori la animó a que se volviese bulímica. Luego Marley se arrepentía, cantaban un dueto y a otra cosa. A lo espacioso de toda la serie existía cierto discurso de «debemos hacer un desfile de celebración a los bullies que se reforman, pero a continuación sus víctimas deben quererlos porque ese es su deber como criaturas benevolentes», ignorando que una víctima de bullying tiene todo el derecho a no querer ni mirar a la cara a su atacante. Este discurso entró en apoteosis con la trama de Karofsky.

Karofsky le hacía la vida inverosímil a Kurt insultándolo por ser gay sistemáticamente, agrediéndolo físicamente y amenazándolo de homicidio. Cuando Kurt por fin le plantaba cara, Karofsky reaccionaba dándole un beso en la boca (sugiriendo que esas nuevas valor de Kurt le resultaban sexual o sentimentalmente atractivas) y la conclusión era que la homofobia de Karofsky siempre había venido de su homosexualidad armariada. Es habitual que algunos homófobos sean gays en secreto, pero al no explorar esta contradicción de Karofsky la serie se limitaba a frivolizar con el bullying y utilizarlo como una utensilio de drama o de comedia según le conviniese. Con el tiempo, Karofsky se enamoraba de Kurt y este se sentía culpable por no cogerle el teléfono. Cuando finalmente lo rechazaba, Karofsky intentó suicidarse. En sinceridad Karofsky era tan agresivo cuando se enamoraba de Kurt, acosándole sexualmente, como lo había sido ayer cuando lo odiaba. La respuesta de Kurt era ir a visitarlo al hospital y ofrecerle su amistad incondicional. Esta reacción honraba a Kurt, al mostrar una liberalidad y una humanidad que Karofsky nunca le había cubo a él, pero de nuevo animaba a las víctimas de bullying a exceder sus traumas en cuestión de días porque chica, en el fondo siquiera era para ponerse así. En la última temporada, Blaine (el gran sexo de Kurt) empezaba a salir con Karofsky como si este no le hubiera jodido la vida a Kurt. Y al final de la serie Blaine y Kurt se casaban como si no hubiera pasado nulo, gracias en parte al descubrimiento de que Karofsky y Blaine eran primos.

Cuando el bullying les parece bufón

‘Glee’ siempre existió atrapada en sus propias incoherencias y contradicciones, siendo la principal de ellas que pretendía condenar el bullying pero a la vez le parecía graciosísimo. Y por eso acabó protegiendo más a los perpetradores del bullying que a sus víctimas. La redención definitiva de la serie fue la de Sue Sylvester en el final episodio, cuando le dio un discurso a Kurt sobre cuánto había aprendido como ser humano gracias a él. «La primera vez que te vi, no entendí lo que estaba mirando. Pero después te conocí y, aunque siempre me irritaste, observé todo tu sufrimiento. Has expandido mi mente. Y por eso te estoy agradecida» asegura. Tal y como analizó el Washington Post, «Sue consigue que el sufrimiento de Kurt gire en torno a ella y su capacidad de crecimiento. Pero también representa a los espectadores de Glee, porque con ese discurso felicita a los fans de la serie por verla y a la propia serie por contribuir a un clima de tolerancia». ‘Glee’ se despidió dándose una palmadita a sí misma, de nuevo en boca de Sue: «Hace falta mucha valentía para ver el mundo no como es, sino como debería ser. Un mundo en el que el quaterback se hace amigo del gay, donde la chica de la nariz enorme acaba en Broadway. ‘Glee’ trata sobre imaginar un mundo así y durante mucho tiempo me pareció estúpido, pero ahora me parece lo más valiente que alguien puede hacer».

En un episodio concreto, «The Quaterback», sobre la homicidio del personaje de Cory Monteith Kurt demostraba que el bullying no es poco que uno pueda borrar de su mente con una buena canción de pop. Cuando Puck se empeñaba en quedarse con la chaqueta del difunto Finn, Kurt le gritaba «no vas a llevártela y puedes tirarme al contenedor si quieres, pero no vas a quedártela», dejando claro que aunque ahora fuesen amigos por exigencias del argumento no había olvidado todos los primaveras de crueldad y maltrato. Pero aquel fue un expediente dramático atípico en una serie que siempre se tomó el acoso y la violencia en los institutos como un gag. Y nunca hizo el beocio signo, por ejemplo, por escribir tramas con propuestas sobre cómo solucionarlo. Los acosadores simplemente cambiaban de opinión, sus víctimas les perdonaban sin darle más vueltas y todos cantaban una canción.

‘Glee’ no es un documental

‘Glee’ no es un documental. Es una serie en la que Brittany accedía a Stanford tras descubrir que era superdotada a pesar de activo trillado un curso, en la que el sección de música tenía presupuesto para poner ascensores y chaparrón industrial en sus números musicales, en la que teníamos que creernos que Finn era un vocalista admirable a la importancia de Rachel, en la que los blancos se comportaban como negros cuando cantaban hip hop («Push It» o el infame «I Wanna Sex You Up» de los demenciales Acafellas), en la que Mercedes le rompía los cristales del coche a Kurt (solo para que así Amber Riley cantase «Bust Your Windows») cuando este no la correspondía porque ella por alguna razón creía que era heterosexual, en la Tina confesaba que había fingido su tartamudez porque era tímida y en la que Rachel cantaba «Papa Can You Hear Me» al padre de otra persona en coma. Y aun así, más allá de esta volatilidad anárquica de sus tramas, lo que hacía inverosímil involucrarse en ‘Glee’ siempre fue su incapacidad para tratar el bullying como una perjuicio traumática con consecuencias reales. Al final, ‘Glee’ no fue más que contar el mismo chiste de mariquitas de siempre pero dejando que el mariquita se riese asimismo.