Crítica de 'Territorio Lovecraft', el brutal thriller de HBO que denuncia los horrores del racismo

‘Territorio Lovecraft’ no puede ser más directa: lucha sin circunloquios contra el supremacismo blanco, pero toma su nombre de H.P. Lovecraft, una de las figuras literarias más influyentes del siglo XX, cuyo incontestable comisionado carga con una pesada placa racista. A pesar de esa controversia, que sigue generando fricciones a día de hoy en la comunidad artística, el protagonista de la nueva serie diferente de HBO, Atticus (Jonathan Majors), un damisela desfavorable, experto de la desavenencia de Corea, devora las novelas de Lovecraft (y de otros genios como Ray Bradbury) como vía de diversión de una efectividad que restringe su autonomía por el color de su piel. Y esa contradictoria naturaleza humana, que se ha convertido en la seña de identidad de la cautiverio de ‘Los Soprano’, aquí se aborda con una monstruosa brutalidad.

Las raíces de Atticus están en las cenizas de Tulsa, en aquel incendio actual retratado al detalle en la imprescindible ‘Watchmen’ de Damon Lindelof. A su padre, Montrose (Michael K. Williams), no le quedó otra que huir de ahí adjunto a su hermano George (Courtney B. Vance). Pasadas varias décadas a posteriori de esa tragedia, en plenos abriles cincuenta, el veinteañero Atticus regresa de combatir en el frente coreano y, tras un tiempo alejado de su hogar en Chicago, debe emprender la peligrosa búsqueda de su desaparecido padre. En esa aventura a través de localidades profundamente segregadas y violentas está acompañado por su amiga Letitia (Jurnee Smollett) y su tío George, adjunto a quienes se acaba viendo remolcado a una oscura trama de la que será complicado escapar.

Esa premisa se resuelve tras un elocuente piloto y un segundo episodio que funde ciencia ficción y terror psicológico, los dos géneros que predominan en una serie muy ecléctica, que en un capítulo puede ser ‘American Horror Story’ y en el subsiguiente ‘Cazatesoros’. En este sentido, ‘Territorio Lovecraft’ tiene gusto antológica, aunque mantenga un hilo conductor con la historia de sus protagonistas, ya que cada entrega exhibe una personalidad diferente, añadiendo utensilios de cine de aventuras, drama hogareño o thriller sensual. Siempre por encima de esa versatilidad, muy correctamente resuelta por cineastas tan experimentados como Yann Demange (‘Top Boy’) o Daniel Sackheim (‘Better Call Saul’) y la creadora Misha Green, se encuentra el conflicto que motiva a los protagonistas: evitar la perpetuación del nocivo dominio blanco.

Pesadilla vivo

Por mucho que la serie esté ambientada en los abriles cincuenta, cuando el racismo era una achaque mucho más extendida socialmente, no hay que devanarse los sesos para encontrar paralelismos con la situación contemporáneo. En un contexto tan viciado como el promovido por un orgulloso racista como Donald Trump, ‘Territorio Lovecraft’ recurre al estilo hiperbólico de las producciones de especie para derribar el intolerante discurso del presidente de Estados Unidos. Y para ello encapsula las consecuencias del racismo en fantasmas, posesiones, rituales y horripilantes monstruos. Pero la relevancia de la serie de HBO no reside solamente en su vigencia, acentuada por el contemporáneo auge del movimiento Black Lives Matter, sino en su atrevimiento, ya que es una propuesta genuinamente diferente y sugerente.

En su osadía y su deseo por tocar diferentes palos, ‘Territorio Lovecraft’ peca de una cierta irregularidad, sobre todo cuando más se aleja del horror cósmico para extender tramas menos potentes. Seguramente ese sea el precio a respaldar por una de las ficciones más singulares del año, que bebe de fenómenos recientes como «Déjame salir», reflexionando acerca de la civilización de opresión sobre la comunidad negra. Y aunque no luces la redonda acierto de la película de Jordan Peele, responsable de aquella y productor de ‘Territorio Lovecraft’, la producción de HBO acierta al comprender y explotar las particularidades del terror televisivo, ofreciendo potentes dosis de misterios paranormales sobre una almohadilla de dolorosa efectividad.