La espectacular adrenalina del ajedrez

Uno de los retos más importantes del feminismo innovador es realizar historiografía de la mujer, escrutar en los pasajes deliberadamente ocultos de la historia aquellas figuras femeninas destacables que nunca se han valorizado lo suficiente. En el mundo del ajedrez, que tanta importancia adquirió durante la Cruzada Fría por el orgullo con el que se imponían los soviéticos, las mujeres fueron tradicionalmente relegadas a pugnar contra otras mujeres, siendo sus incursiones contra varones escasas. Así, aunque existieron en esos primeros tres cuartos del siglo XX mujeres ajedrecistas más que notables, hay que sumergirse en el contorno de la ficción para pensar en lo que habría ocurrido si alguna se hubiese atrevido a desafiar a los maestros masculinos. Esto es lo que propone ‘Gambito de dama’, la serie de Netflix creada por Allan Scott y Scott Frank, en la que éste final se encarga del guion y la dirección.

Nuestra protagonista es Beth (Anya Taylor-Joy), y la historia se remonta a su infancia, en los abriles 50. Ya entonces su vida no había sido dócil correcto a la separación de sus padres y los problemas psicológicos de su origen, pero el trauma que la marcaría de por vida es el montaña de coche en el que su origen murió y sólo ella pudo sobrevivir. Se cría desde entonces en un orfanato cristiano no demasiado exacto pero pesado del que se llevaría dos cosas que la marcarían para siempre. Por un costado, la yuxtaposición a los tranquilizantes que administraban para tener a los niños tranquilos y que evolucionará a lo dadivoso de su vida al consumo de todo tipo de drogas. Por otro, el ajedrez que el ujier del centro, Shaibel (Bill Camp), le enseña a pugnar y que acaba convirtiéndose en su forma de vida al demostrar un innato talento para jugarlo.

Batallas de tablero

Aunque esta trama denote los mimbres de un relato biográfico, cosa que esta ficción es en parte, frente a todo nos encontramos con la estructura de una historia clásica de deportes. Igual que en «Invictus» o en la dinastía de «Rocky», la historia personal está marcada por el deporte y las diferentes competiciones, en este caso partidas, son puntos secreto del ampliación del personaje y sus tramas. Como toda buena historia de este mercaderías que se precie, consigue muy eficazmente que el espectador se sumerja en este mundo ajedrecístico incluso si no tiene ninguna narración o específico interés previo en él, convirtiéndolo en poco apasionante y con cierto fascinación propio.

En este sentido, merece una mención específico la dirección, que consigue hacer que las partidas de ajedrez tengan un ritmo y una emoción que difícilmente podríamos encontrar en el mundo efectivo. A través de planos de los actores, de la posición de la cámara y de la intensidad con que se narra cada desplazamiento de cuchitril, hasta quien no conozca las normas puede observar el pulso mental que están llevando a sitio los jugadores e implicarse en los vaivenes de cada deshonor. Un logro que sorprenderá a muchos, y que se suma a una actividad de dirección muy encomiable que da una cadencia adictiva a esta miniserie de episodios de una hora. Gran parte de la responsabilidad de ello es de las abundantes secuencias de montaje que hay a lo dadivoso de los capítulos. Para las partidas, para reverberar duros entrenamientos, para mostrarnos los ratos muertos de Beth mientras viaja por el mundo o en cualquier momento puede aparecer una secuencia de montaje que nos haga alucinar cerca de los abriles 60 con una selección musical de primera.

Cumpliendo con lo previsto

Si proporcionadamente es cierto que gracias a adaptarse tan proporcionadamente a una estructura de historia deportiva y a su cuidado ritmo consigue que poco que podría resultar tedioso para muchos como el ajedrez se convierta en apasionante, asimismo es verdad que por el camino cae asiduamente en algunos lugares comunes. Gran parte de los giros de guion, de los traspiés que sufre Beth como ajedrecista y de sus relaciones personales tienen mucho de cliché. Y, a pesar de todo, siendo fórmulas para falta innovadoras, se realizan con una elegancia y clasicismo que siguen siendo funcionales y emocionantes, como sucede con la emotiva llamamiento del final capítulo. Como si de una deshonor preparada de ajedrez se tratara, aunque no sorprenda, consigue su propósito.

El momento en el que la serie más se sale de estos esquemas prefabricados es en el tratamiento del feminismo, desmarcándose de otras historias que podrían resultar más panfletarias o superficiales al tratarlo. Por supuesto, se tiene que atracar el tema de que Beth es una mujer en un mundo masculino, y todo lo revolucionario y rupturista que acompaña a esto, pero no se centra simplemente en ello, y de hecho huye de convertirlo en un tema principal. Es más relevante mostrar el valía de la propia Beth en sí misma, sin tener en cuenta un contexto machista que, por supuesto, contribuye asimismo a la formación de su personalidad desafiante, competitiva y altiva.

Una maternidad de grises en un tablero en blanco y desventurado

Hablando del feminismo en ‘Gambito de dama’, es increíble esquivar el tema de la sororidad, que se manejo a través de varias relaciones que tiene Beth en la serie. Es muy tierno cómo se hace con su amiga Jolene, interpretada por Moses Ingram, aunque es poco simplista y conveniente a la trama. Mucho más interesante para explorar este tema es la relación de Beth y su origen adoptiva Alma, a la que da vida Marielle Heller. Se manejo de una maternidad que se muestra muy humana por su complejidad y que aporta una frescura rara en este guion. Partiendo de una distancia fría y casi hostil, estas dos mujeres rotas van aprendiendo a apoyarse la una en la otra, sin obviar la conveniencia que las ha unido y la irremediable diferencia de carácter que las separa, y que al tiempo las influye mutuamente.

Es por ello que el personaje protagonista resulta mucho más interesante según va avanzando la serie y esta relación tan determinante impacta en su vida. Incluso Anya Taylor-Joy se siente más cómoda y está más aprovechada cerca de la parte final, aunque sin duda asimismo interpreta correctamente el papel de la fría y orgullosa Beth de los primeros capítulos. Ocurre que este personaje en sus inicios se mueve por esos territorios más convencionales y adolece de un tono caricaturesco que afecta de forma caudillo a todos los personajes en su caracterización.

Incluso le pasa al Benny Watts de Thomas Brodie-Sangster o a Christiane Seidel en su papel como la señorita Deardoff, entre otros muchos, que son personajes que tienen unos rasgos físicos muy particulares y acentuados que los hacen destacar por excéntricos. Seguramente esto se deba a que se han recogido las descripciones del vademécum diferente de Walter Tevis de una forma muy ostentosa. Se podría favor hecho de otro modo y habría chocado menos, teniendo en cuenta que se manejo de una obra de corte realista y con una ambientación histórica, pero asimismo contribuye a construir un universo particular para la narración que los personajes sean tan identificables.

Un peligro al aburrimiento

Y, si es verdad que Netflix no propone poco argumentalmente novedoso con esta serie, sí que consigue un tono propio y tiene su originalidad a la hora de reverberar el mundillo del ajedrez, sin proponerse su fiabilidad. El modo de contar consigue apropiar más interés que lo narrado, que se ciñe a un esquema ya conocido, pero sólo con ese logro ya consigue ser adictiva y transmitir unas sensaciones impensables en una serie de este tipo. Puede que no suponga una revolución en ningún apartado, pero la confluencia de la reivindicación, la existencia, histórica, los tiernos e identificables personajes, la dirección emocionante y la extraña afecto de los escenarios mostrados ya pespunte para dar oficio a un producto más que válido a la hora de entretener.