Una trepidante persecución llena de significados

Aunque hoy es más conocida por su acondicionamiento cinematográfica a manos de Peter Weir protagonizada por Harrison Ford, «La costa de los mosquitos» fue todo un aberración afectado hace 40 primaveras. Al cumplirse un aniversario tan claro de la publicación del volumen de Paul Theroux, iba siendo hora de renovar los referentes con una nueva acondicionamiento audiovisual, que recoge los temas de aquella novelística y los adapta al siglo XXI cambiando sustancialmente el argumento pero manteniendo el espíritu. En este caso, la cosa adicionalmente queda en comunidad, puesto que en la serie que estrena Apple TV+ a partir del 30 de abril el protagonista y coproductor es Justin Theroux, sobrino del autor de la novelística flamante.

Así pues, Theroux interpreta a Allie Fox, un ingeniero que malvive accidental de la sociedad en el interior de Estados Unidos adjunto a su comunidad, compuesta por su mujer Margot (Melissa George) y sus hijos Dina (Logan Polish) y Charlie (Gabriel Bateman), a los que educa él mismo en sus convicciones anticapitalistas. La razón de su vida precaria es que es un fugitivo del gobierno de su país, al que desprecia, por lo que un encontronazo con la policía le servirá de disparador para remolcar a su comunidad en un alucinación sólo de ida en torno a México, en donde intenta contactar con un reunión refractaria que está construyendo una sociedad más allegado a sus ideas.

Un alucinación arduo pero empachado de significados

Esta nueva lectura de la historia tiene mucho que contar y poco a poco lo va desgranando, pero es cierto que ese ritmo pausado supone un pequeño peso. La dosificación de la información es importante para prolongar la atención del espectador, pero en este caso quizá esté excesivamente dilatado y, en los primeros compases de la serie, se omite información relevante que podría distinguir a esta historia de otras de fugitivos o supervivientes para hacerla más atractiva. Sí es cierto que se dan unas pequeñas pinceladas a las que el espectador debe justificarse como promesas de futuras explicaciones y desarrollos, pero estos tardan en venir.

No obstante, por el camino se van fijando algunas de las características que, de forma indisimulada, adaptan el argumento a temas contemporáneos más allá de una simple puesta al día de la tecnología. Por un flanco, está el ecologismo como un eje central de la filosofía de Allie, que ya era determinante en versiones previas pero que aquí se constituye como uno de los principales factores para empatizar con su causa. Por otro flanco, el alucinación de la comunidad Fox se convierte en una metáfora de la inmigración ilegal, al realizar un alucinación inverso al de la longevo parte de indocumentados que cruzan la frontera y son igualmente perseguidos por las autoridades. Una inversión que resulta más que adecuada teniendo en cuenta que esos migrantes llegan movidos por la fe en un futuro mejor y en el sueño norteamericano, precisamente todo aquello que para el protagonista ha perdido todo el sentido.

Foto de comunidad que no excluye a nadie

Aunque ralentice el ritmo, el tratamiento seriado de la historia sirve para dotar de protagonismo a los cuatro miembros de la comunidad en su torneo medida. Es cierto que Allie se queda con el foco principal, ya que gracias a sus férreas convicciones y a su inteligencia consigue convencer y practicar una fascinación sobre su comunidad que es puesta a prueba en este alucinación remotamente de la sociedad, poco que centraliza el argumento. Sin incautación, tanto sus hijos como su mujer tienen su espacio para que conozcamos su propio curva y su reacción individual en presencia de cada una de las pruebas que se presentan en presencia de ellos.

Esta equidad entre su repertorio que desplaza el protagonismo único de Allie está reforzado por las actuaciones de la comunidad. No es que Justin Theroux realice en ilimitado una mala interpretación, ya que sabe dotar a su Allie de un carisma propio, pero es que el resto del reparto mantiene muy admisiblemente el nivel y por momentos le roba escenas. Destaca especialmente Melissa George, que está en estado de clemencia interpretando a una mujer enamorada de su marido pero en ningún caso subordinada a él, y que sabe sostener tanto momentos sobrecogedores como otros sutiles y desafiantes.

Un conflicto tan poderoso como ambiguo

Todos los personajes van evolucionando en ese conflicto centrado en Allie, que debe animarse si abrazar unos ideales de una sociedad mejor que suponen rebotar a la contemporáneo totalmente y restar así accidental o transigir en algún punto y permitir alguna conquista del sistema que rechaza a cambio de prolongar a su comunidad. Abrazar el individualismo en sociedad o promover ideales colectivos desde la soledad. Porque su purismo le lleva a poner en peligro sus relaciones familiares y quizá a quedarse solo, siendo su comunidad el final peldaño de una vida en sociedad a la que hace tiempo que dio la espalda. Su sistema de títulos puede ser más o menos correcto, pero sólo puede imponerlo sobre sí mismo, y la indigencia de controlar a los seres que ama le pone contra las cuerdas y prueba los límites de su moralidad.

Este conflicto y la problemática del personaje principal se expone perfectamente en un brillante diálogo en el que es confrontado por Chuy, un personaje secundario interpretado por Scotty Tovar que ha sufrido las consecuencias del flanco más antisocial de Allie. Adicionalmente, esta secuencia costal a la superficie el tema del colonialismo o el imperialismo estadounidense, que está sobrevolando constantemente la ficción por la persecución de la que es objeto la comunidad Fox, pero que en esta intervención se da la envés y muestra lo que hay en ellos mismos de esos títulos que afirman combatir.

Sutil y llena de entusiasmo

Estos grandes momentos estelares en los que aflora el subtexto en existencia salpican una trama en la que la longevo parte del tiempo en existencia se dedica a la huida de sus protagonistas. Con momentos de gran tensión y sufrimiento como la travesía por el desierto o directas persecuciones repletas de entusiasmo como la que sucede en Ciudad de México, lo cierto es que sin esas ocasionales reflexiones ya se configura un thriller aseado que sabe prolongar la tensión y usar muy efectivamente la astucia y la personalidad de los protagonistas para crear situaciones imaginativas.

Eso sí, el alma de la historia, aunque diluida a lo generoso de sus siete capítulos, siguen siendo esos dilemas que ni siquiera en su amargo final arrojan una conclusión definitiva sobre los temas planteados. Más que dar un mensaje conciso y masticado al espectador, ‘La costa de los mosquitos’ propone sus situaciones para que cada cual se convierta en parte activa de la conversación y llegue a sus propias conclusiones, mientras se entretiene con los escasamente relevantes misterios que plantea y disfruta de la entusiasmo que por momentos domina sus minutos.